Bufonadas de poniente

Opinión Texto:

Luces, música y gente. Mucha gente. Gente que ahora se transforma en un personaje distinto y, en medio de toda esa muchedumbre, consigue diferenciarse del resto. La heterogeneidad de las aglomeraciones en Carnavales es culpa de los disfraces: piratas, pikachus, superheroínas y superhéroes, toda la fauna animal y un largo etcétera. A pesar de que siempre hay alguien que se pone el primer tutú que encuentre, otras personas comienzan los preparativos muchos meses antes, buscando ser originales, llamar la atención o causar gracia.

El humor es uno de los ingredientes principales del Carnaval. De hecho, es la excusa perfecta para ver todo el jolgorio desde la superficialidad sin indagar mucho en por qué ese hombre blanco se pinta la piel de negro, se dibuja unos labios exageradamente gruesos, se pone cojines en el trasero y agita unas maracas intentando imitar un acento que, en teoría, es el cubano.

Entre el bullicio y las carrozas nos encontramos representaciones de múltiples civilizaciones: kimonos que lo único que tienen de oriental es la persona que los vendió, pelucas afro que van y vienen, trajes hindúes, sombreros y ponchos mexicanos o peruanos (según lo que le parezca a quien lo lleve puesto). Todos basados en estereotipos, llevados a la burla y al espectáculo. Esto solo pone en evidencia una cosa: en Occidente cualquier cultura que no sea la propia resulta no solo excéntrica y rara, sino que, además, es un chiste.

Racismo encubierto


Carnaval es la única fecha en la que podemos ver trajes típicos de todos los lugares del planeta sin ser criticados porque quienes los usan son europeos. Y da la casualidad de que esas nacionalidades de las que se visten coinciden con aquellas que, a lo largo de toda la historia, han sido discriminadas, oprimidas y racializadas por países occidentales.

Convertir las señas de identidad de otros pueblos en caricatura no es más que una forma de normalizar la exclusión de estos en lugar de tratar con respeto esas diferencias. Quizás la culpa no sea de la ciudadanía ignorante que no sabe que, al utilizar un bindhi sin ser hindú, lo vacía de todo su significado y, por tanto, de su trascendencia cultural. Quizás la culpa sea de quienes piensan que es oportuno ofertar en las tiendas el bindhi como si se tratase de un simple accesorio estético.

¿Cómo podríamos llamarlo? ¿Globalización? Hay un nombre más adecuado: apropiación. Pues aunque parezca un análisis desmesurado -como todo aquello que supone una crítica al eurocentrismo- es un vestigio de esa mentalidad colonial tan arraigada que, incluso en un disfraz, mantenemos.

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